-Es que este lugar es muy extraño, tío. –Dijo Alfréd, justificando por qué había
elevado Lobitos, de la modesta categoría de pequeño pueblo en el medio de la nada, a la de planeta. Alfréd es un catalán de hablar pausado y barba de varias semanas. Hace más de un año abandonó su Barcelona natal, su teléfono celular, un trabajo en una empresa constructora y un piso con mujer dentro porque, según sostuvo entre gruñidos, no paraban de tocarle los cojones. Desde entonces recorre la selva de Bolivia y el desierto peruano con una mochila sobre el lomo y unos pocos euros en el bolsillo.
-Joder, tío, esto es muy bizarro –insistió el europeo, mientras con el brazo estirado
sugería realizar un paneo del insólito conjunto de casas semiderruidas. Y la verdad es que Alfréd no exageraba. Llegar a Lobitos es como aterrizar en otro mundo. O mejor dicho, como caerse de éste e ir a dar a aquél.
