-Es que este lugar es muy extraño, tío. –Dijo Alfréd, justificando por qué había
elevado Lobitos, de la modesta categoría de pequeño pueblo en el medio de la nada, a la de planeta. Alfréd es un catalán de hablar pausado y barba de varias semanas. Hace más de un año abandonó su Barcelona natal, su teléfono celular, un trabajo en una empresa constructora y un piso con mujer dentro porque, según sostuvo entre gruñidos, no paraban de tocarle los cojones. Desde entonces recorre la selva de Bolivia y el desierto peruano con una mochila sobre el lomo y unos pocos euros en el bolsillo.
-Joder, tío, esto es muy bizarro –insistió el europeo, mientras con el brazo estirado
sugería realizar un paneo del insólito conjunto de casas semiderruidas. Y la verdad es que Alfréd no exageraba. Llegar a Lobitos es como aterrizar en otro mundo. O mejor dicho, como caerse de éste e ir a dar a aquél.

En tiempos del imperio incaico, la zona fue conocida por sus depósitos de brea, a la cual los antiguos pobladores llamaban “Copé”. Lo consideraban un material muy valioso y lo utilizaban para alumbrar durante los cultos, impermeabilizar las vasijas, momificar a los finados y pavimentar caminos. Más adelante, los españoles de la época colonial usaron la brea para calafatear embarcaciones, proteger los odres de aguardiente y fabricar medicinas.
El valor de esta dádiva de la naturaleza no pasó desapercibido a los ojos del Virrey del Perú, don José Antonio Manso de Velazco, y entonces la Corona Española dispuso que los yacimientos norteños se incorporasen al patrimonio real. Pero el terreno y sus pozos recién fueron concedidos para su explotación sistemática, por primera vez, al promediar el Siglo XVII. Un tal Capitán Alonso Granadino fue quien tomó posesión de todos los ojos del "Copé" o brea blanda que hubieran descubierto y los que en adelante se descubriesen. Su jurisdicción abarcaba desde los cerros Cuscús y Prieto hasta el pueblo de Tumbes, y desde las orillas del mar, 150 kilómetros tierra adentro. El hombre debía al Rey de España una cantidad fija de brea por año. Y para ello había que poner gente a laburar. Y mucha, ya que el reclamo español no era modesto
Este hecho dio origen a la creación de la hacienda Máncora y a la formación de pequeñas aldeas de moradores a orillas del mar, que a su vez determinaron el nacimiento de los pueblos Talara, Máncora y Lobitos.
Con el correr de los años los derechos sobre estas tierras fueron pasando de mano en mano hasta 1810, cuando se constituyó la República del Perú y el Estado Peruano pasó a ser el legítimo sucesor de la mina. Poco después la enajenaron y el pasamanos continuó a lo largo de los dos siglos siguientes.
Quilombos sindicales, violencia e incluso un evento sangriento recordado como La Masacre de Lobitos, ocurrida el 31 de junio de 1931, donde los trabajadores del petróleo, junto a sus familias, fueron aplastados por las armas del gobierno, signaron la leyenda del lugar.
Pero Lobitos no es un planeta aparte sólo por sus luchas sindicales o su historia violenta en torno al petróleo, el generador de corrupción más prolífico del planeta. Lo que resulta más extraño y difícil de creer es que, en el último cuarto del siglo XX, el pueblo entero fue robado.
Lo que sigue no tiene un ápice de ficción. Es la cruda realidad.
A partir de 1974, a causa de los conflictos entre Perú y Ecuador, el gobierno determinó que la Octava División Ligera del Ejército Peruano, por razones de estrategia militar, acantonara en Lobitos. La decisión fue tomada considerando las formidables construcciones del pueblo, legado y patrimonio histórico dejado por la Lobitos Oil Company, una de las empresas que se dedicaron a la explotación petrolera en el territorio.
En 1995, una vez superado el conflicto militar, el Ministerio de Defensa dispuso que la División de Caballería de Sullana se trasladara a Lobitos en reemplazo de sus antecesores. Y estos monos, que no tenían demasiado para hacer ya que el lío con los vecinos se había acabado, desarmaron el pueblo y se lo llevaron.
La maniobra fue definida por el diario Correo de Piura como “el robo más descarado y descabellado perpetrado por rapiñeros con uniforme militar del Ejército Nacional, responsables que un distrito con una potencialidad turística por su legado urbanístico, se haya convertido hoy en un escombro”. Y eso es lo que es hoy Lobitos: restos.
Se robaron un pueblo entero. Oficiales del ejército, en teoría guardianes del patrimonio de la Nación, se afanaron las valiosas maderas que habían sido traídas desde Oregon, Estados Unidos, por la Lobitos Oil Company, y las vendieron por ahí. Apenas dejaron en pie la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y el edificio de oficinas administrativas del antiguo refugio petrolero. Ambas construcciones se encuentran hoy protegidos por leyes nacionales. Pero ya es tarde.
La cantidad insólita de escombros esparcidos sin orden ni criterio a lo largo y ancho del pueblo no se callan. Y hacen que cualquiera que pase por allí no pueda evitar preguntarse: ¿qué pasó acá?
La respuesta es la historia que se acaba de narrar.
CAMINANDO SOBRE EL FONDO DEL MAR.
- ¿De dónde sacó esto? –le pregunto al vendedor, un veterano de cara surcada por
oscuras grietas. Una capa de polvo más espesa que la encontrada en las botas de John Wayne lo cubre de los pies a la cabeza. Por eso es imposible determinar el color de su cabello, ropa o piel. Todo el hombre es del color del desierto.
- De aiá las treigo. –responde el tipo, apurando las letras y mirando hacia el lado de las montañas.
Sostengo en la mano un fósil de pez prehistórico y este tipo me quiere hacer creer que fue encontrado a, por lo menos, diez kilómetros del mar. Es obvio que no puede ser posible. O el tipo desvaría o me quiere cagar con una pieza falsa.
Cuando estoy a punto de decirle que soy turista pero no pelotudo, aparece el Coco, mi hermano. Le falta entregar la tesis para recibirse de oceanógrafo y por eso le creo cuando afirma que el viejo no miente. En un pasado remoto, dice, toda la superficie que hoy es desierto, al menos hasta donde alcanza la vista, estaba cubierta por el océano. El suelo del desierto fue, en un tiempo lejano, el fondo del mar. El hogar de todos los bichos que ahora, convertidos en piedra por el accionar de los milenios, son exhibidos a los turistas sobre una mesa de madera con caballetes.
El Coco no puede creer lo que ve. Pregunta el precio de todo y no puede disimular la emoción que lo hace levantar otro fósil de la mesa antes de dejar el que está observando. En la universidad donde estudió durante los últimos cinco o seis años vio muchos de estos objetos. Pero eran todos de plástico. Apenas réplicas de los que ahora tiene en sus manos, creados por la madre Tierra a lo largo de miles de millones de años.
- ¡Graptolites del Paleozoico! –grita el chibolo alzando lo que a mis ojos parecía un
cacho más de roca.– ¡Braquiópodos! ¡Esponjas! –Enlista, eufórico.
Pero lo que logra alterarle definitivamente los nervios es una pieza triangular del tamaño del logo de Gotcha que llevaba Martin Potter, a mediados de los ochenta, en la punta de su BH. Si bien el tiempo lo transformó en piedra, se puede reconocer con facilidad. Es un diente de megalodón, el tiburón más grande y asesino de la historia del planeta. Similar de aspecto a un gran blanco, el bicho era tan enorme y malo que se alimentaba de dinosaurios vivos. Se extinguió hace algo así como cinco millones de años y por eso el hombre pedía 500 dólares por la pieza.
Por cinco dólares compro un trilobite para mi viejo, me lo meto en el bolsillo envuelto en papel de diario y me voy. Mi hermano se queda y sé que no va a volver a la posada hasta que al vendedor le salgan canas verdes y le largue las piezas por una cuarta parte del precio inicial.
Tierra de Nadie, Tierra de Todos.
A desalambrar, a desalambrar
Que la tierra es nuestra, tuya y de aquel,
de Pedro, María, de Juan y José,
Esos versos cantaba Daniel Vilglietti, seguramente con la inocencia del que desconoce el género humano o bien del que no quiere aceptar su realidad. Porque la cruda y dura verdad de la carne pasada por huevo y pan rallado, dice otra cosa. José quiere la tierra para él solo. Igual que María y que Juan. Y si tienen que apalear a Pedro o a Carlitos para conseguirla, no van a dudar en hacerlo.
Muchos solares lobiteños, los que no están en manos de las compañías petroleras, tienen dueño. En la mayoría de los casos existen varios propietarios para un mismo terreno. Y en ninguno, o en muy pocos, se trata de dueños legítimos.
Todo el asunto catastral en el Norte del Perú se caracteriza por lo desprolijo y corrupto. Cualquiera puede apropiarse de un terreno. Sólo precisa un buen amigo en la Municipalidad correspondiente o bien reunir la suma de dinero necesaria para que la amistad con el funcionario florezca. Es justo señalar que los municipales suelen ser personas muy afectuosas, con tantos amigos como el cantautor brasileño Roberto Carlos. Por eso dos por tres se arman unas grescas de antología para disputarse un terreno que un funcionario adjudicó a más de una persona.
Los enfrentamientos son verdaderas guerras. Ambos aspirantes a dueños únicos de un solar juntan la mayor cantidad de gente que pueden, se arman con palos y machetes y se dan de punta en plena calle.
Un mediodía que nos habían avisado de un inminente lío por un terreno, ví a uno de los bandos en un boliche. Eran no menos de veinte tipos. Feos y pesados. Muy pesados. Estaban en silencio, concentrados. Chupaban cerveza y pisco. Todos tenían al alcance de la mano un machete paraguayo o un bate de béisbol. El ambiente era tan tenso que el aire parecía que se podía cortar con un cuchillo. Los tipos aguardaban la orden para iniciar el combate. Los vecinos estaban alertados de la situación y por eso las calles estaban casi desiertas, apenas transitadas por los turistas que, como quien narra, no se habían desayunado del peligro latente.
Finalmente la pelea nunca ocurrió. Al parecer el otro “propietario” del terreno arrugó y le cedió los derechos al que tenía los amigotes con bates de béisbol.
Yo hubiera hecho lo mismo.
CRECIDA SUR
La región norteña del Perú alberga tremendas olas. Cabo Blanco, Organos, Ñuro, Punta Ballenas, Zorritos, Peña Rodonda, Negritos son rompientes de primera categoría mundial que funcionan, todas ellas, con swell de Norte.
Si la ondulación llega del sur, funciona el Hueco y Lobitos, que se encuentran una al lado de la otra, tan cerca que en días especiales conecta una con la otra formando una izquierda de antología. Mientras la crecida norte no llega, uno pasa el tiempo surfeando estas dos bellezas.
El Hueco es una ola fuerte y tubular que quiebra de frente a las rocas. Es corta en comparación con su vecina, pero muy intensa. Los tubos son pesados y oscuros, con labios gruesos que muchas veces se llenan con la arena negra que la ola levanta del fondo. Los locales la tienen en la palma de la mano y surfean tubazos tan largos y profundos que parece que no fueran a salir nunca. Sin embargo, los completan casi siempre.
En los días más buenos, valía la pena demorar la remada de regreso al pico para ver a César Aspillaga, localazo del norte, viajar adentro de los caños de su tierra natal. “El Chato –así lo llaman- se mete los mejores tubos”, decía Cachalote, veterano surfista y propietario del hotel Las Olas, en Máncora. “Tiene 43 años y corre tabla desde los 9, cuando yo le enseñé. Desde entonces es puro correr tabla, no hace más nada que correr tabla. Es Mr. Tubo”. Ni bien entró la crecida del Norte, Aspillaga desapareció de Lobitos. Segçun me enteré más tarde, Los mejores caños que largó Cabo Blanco durante ese swell lo llevaron dentro, con su casquito blanco y sus pies bien juntos, marcando un estilo inconfundible.
Otro gran surfero que andaba por el Norte sacando chispas de las quillas, era Alvarito Malpartida. Tablista de la nueva generación peruana destruye al nivel de los mejores del mundo. Goofy footer, dueño de una flexibilidad envidiable que lo hermana con Cory Lopez y Mick Fanning, Malpartida combina una técnica increíble en los tubos, mucha velocidad y maniobras fuertes y fluidas. Una fiera. Además, Gabriel Villarán, Javier Swayne, Elbert Mulanovich y varios más hicieron que este modesto escritor se pasara horas enteras con el traje seco, mirando el mar y saboreando una cusqueña frapé bajo el sol del desierto peruano.
Agradecimientos: Al Pulpo, Marco Antonio Ravizza, por ser un guía extraordinario y un mejor amigo. Al Darwin por la hospitalidad, a su chibolo Miguelito y a su esposa Noemí, diosa absoluta de las artes culinarias.
Rodrigo Caballero, enero de 2009.-

juan
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lobitos, q lugar! queria decir q estuve en lobitos, Me enamore de esas olas..... !!! tmb conoci a darwin, migueeel y a noemi_!!! y les mando saludos!! |
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julio
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talara lobitos,negrito,organos mancora ,cuidarlo con amor que bueno,saber que aprecien nuestra riqueza,soy de talara y me doy cuenta que personas de otras naciones valoran ,lo que nuestras autoridades nunca cuidan y no explotan como un gran recurso turistico para nuestra zona,espero en un tiempo alguien de a nuestra tierra el valor que se merece. |
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Roberto Correa Ruidias
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Sencillamente Excelente Agradecer a todos Uds, por dar la relevancia a estos hechos historicos que nos enorgullecen pero que muy poco nos damos cuenta de lo que tenemos o no sabemos apreciar Un abrazo y desearle a todos Uds Un prospero año nuevo y que de repente nos encontramos. Saludos coordiales Robert |
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Francisco
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LOBITOS ES ALUCINANTE!!! Tambien conoci a Darwin Noemi y Miguel!! que grande Miguelitooo!!! ''Amigoo amigoo me dibujas un treeenn?'' |
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