INDONESIA INDOMABLE - Parte II
Recorriendo los caminos del paraíso
Apunte 6 - IBÚ, BINTANG SATÚ
Hasta la frase más simple, como la que se usa para pedir una cerveza: ”ibú, Bintang satú” (señora, una birra), suena poético en indonés. Y no sólo por la musicalidad propia del idioma, sino más bien porque el humor de uno en esos lugares es siempre el mejor. Todo cae bien después de correr olas perfectas durante horas y horas, bajo el sol del trópico, con la sola compañía de los amigos.

Difícil que algo caiga mal. Ni siquiera la comida. Aunque aquellos que no estén habituados al picante, más les vale hacerlo rápido. Aquí todo pica. El pollo al curry, por ejemplo, especialidad de la región, se sirve con el diablo dentro del plato. Tal es la sensación de fuego en la boca que produce ya el primer bocado, anticipando la vida eterna que espera más allá de la muerte, en el subsuelo del planeta.
Pero tranquilo, porque se trata de un picante sano, de ése que se disfruta al ingerirlo pero que no causa daño más tarde, cuando el cuerpo desecha lo que no le sirvió de la ingesta. Como decía un buen amigo chileno, especialista en platos picantes: “cuando el yile es güeno, ueón, no hace mal al oio”.
Además, el picante ayuda a combatir el calor y sus efectos depresivos. Levanta a la persona, le inyecta energía y no permite que el mormazo inverosímil de aquellas latitudes lo tenga a uno aplastado en un sillón las veinticuatro horas del día.
La cocina indonesa está compuesta por puras delicias. Curry como condimento primordial, bifes de atún tan altos como un servilletero, camarones no muy grandes pero extraordinariamente sabrosos, y siempre, acompañando, el arroz apelmazado, masacotón, servido con dicha consistencia pues se acostumbra comer sin cubiertos, usando apenas las manos. Y claro, coloreando toda comida, aparece el rojo del picante más contumaz.
Para los garcas, existe un chilecito verde, más suave aunque no menos rico, que le le pone a algunos platos. Pero el de verdad es el colorado. El power.
Una grata actividad para finalizar un jornada de buen surfing consiste en sentarse en un barcito, pedir una buena comida con Bintang bien fría (cosa muy difícil de conseguir), y dedicarse a encender y apagar incendios en las propias fauces: un bocadillo de fuego, un trago de chopp; un bocadillo de fuego, un trago de chopp …
CRUZANDO LOS ESTRECHOS
La llegada a Bali fue el viernes de noche. El comienzo de la expedición tuvo lugar el martes siguiente, tras cuatro días de olas en Bingin e Impossibles. No es que durante ese tiempo el grupo hubiera agarrado el surfing suficiente como para hacerle frente a las izquierdas de Desert Point lanzando sus labios criminales sobre el reef semidesnudo, pero el espíritu del viaje tenía más que ver con la búsqueda que con la comodidad de quedarse corriendo el pico predecible de enfrente a la casa. Además, cada día que pasaba significaba adentrarse 24 horas en la temporada de olas, con el consecuente aumento de la cantidad de surfistas en el agua.
Así que el martes de tarde se cargaron las camionetas con las tablas, el trailer con los objetos de primera necesidad y, apenas entrada la noche, las máquinas de patas anchas arrancaron rumbo al este, en una marcha lenta pero segura, a Padang Bai, puerto de Bali. El plan consistía en tomar el ferry de la medianoche que cruza el estrecho de Lombok para llegar a la isla de mismo nombre. La travesía dura entre 5 y 6 horas y dejaría al convoy en lembar junto a las primeras luces del amanecer.
Arriba: Marroke apola en el ferry.
Once y media llegaban las dos camionetas a Padang Bai, justo a tiempo para ver al ferry realizando las maniobras de atraque previas a una nueva partida. El servicio es permanente, casi sin descanso.
Delante de las camionetas, en fila india, esperaban turno para ingresar a la bodega de los vehículos decenas de motocicletas, varios camiones y algunos autos. Sin embargo, no parecía que el navío fuera a llenarse. Hasta que llegó la hora de abordar. Entonces el ferry se vio colmado. Y eso que sale uno a cada hora. Pero es tanta la gente que va y viene de una isla a la otra que hace pensar en el Buquebus como un negocio de cambio chico.
Abajo: Desayuno en Lembar.
Apunte 7 – Mapas e ilusiones.
- Esto es lo que vamos a hacer –anunció Marroke mientras me mostraba una hoja de papel con un dibujo bastante desprolijo, hecho con lapicera azul.
Achiné los ojos y pude ver que las figuras eran tres y representaban las islas de Bali, Lombok y Sumbawa.
- Nosotros estamos acá –sostuvo Marroke, señalando el sector del dibujo que representaba el Bukit- y vamos a ir acá –ubicó la punta de la lapicera en el extremo oriental de la figura-, al puerto. De ahí vamos a cruzar a Lombok y aprovechamos para dormir en el ferry. Cuando nos despertemos, vamos a estar acá –marcó ahora con la birome Lembar, el puerto de Lormbok, en el extremo más occidental del mapita casero-, tomamos un café y nos vamos para Desert Point, que queda a unas dos horas.
Cuando Marroke empezó a hablar, sólo yo y el Negro estábamos sentados junto a él, mirando los mapas. Al rato se sumó el Cayo. Pero a esta altura de la conversación ya éramos cinco los que lo rodeábamos, mirando los rayones sobre el papel e imaginando las olas que nos íbamos a encontrar en la recorrida que estábamos a punto de emprender.
Carlitos, aquejado por cagalera, jet lag, los efectos secundarios del Lariam, y sobre todo por las izquierdas de Bali, preguntó:
- ¿Hay derechas en algún lado?
- Acá –dijo Marroke, dibujando un círculo sobre una punta ubicada al oriente de Desert, bastante cerca al parecer-, pero para llegar tenemos que volver hacia el lado del puerto, subir hasta Sengigi, que es por acá, y luego bajar por el medio de la isla hasta acá. Son como cinco horas.
A medida que hablaba, rayaba el mapa con líneas que iban y venían sobre el papel, superponiéndose unas con otras, dejando poco espacio para nuevas demostraciones y negándole a todo aquel que no hubiera vista la explicación desde un comienzo, cuando apenas habían tres islas dibujadas y mucho espacio en blanco, la posibilidad de entender algo.

Arriba: Si bien todos confiábamos en los concimientos del Marroke, nadie esperaba que en el sitio del mapa improvisado que señalaba con la uña morocha, fuéramos a encontrar una gema de esta categoría. Creer o reventar.
- En esa zona hay varias playas –dijo. En esta –hizo sonar la uña morocha de su dedo índice contra una de esas playas- rompen izquierdas y derechas. Depende de la marea. Acá – señaló un punto muy cercano al anterior- hay una derecha sunsetera que con el swell que está viniendo seguro la vamos a agarrar buena- aseguró.
Visto de aquella manera y en aquel mapa improvisado, parecía imposible que fuéramos a llegar alguna vez hasta los lugares que mencionaba Marroke. Los caminos, según nos decía, eran malísimos y además no teníamos ni la más mínima certeza de que en todos los sitios a los que queríamos llegar, fuéramos a conseguir un sitio donde dormir. Cuando le comuniqué a Marroke mis inquietudes, respondió con claridad:
- Llegar vamos a llegar. Para algo andamos en estas camionetas. No hay camino que las pare. Y para algo les dije que trajeran las carpas. Vamos a dormir donde queramos –aseguró-. Si hay una buena ola acá –hizo un nuevo círculo sobre el mapa que, a esta altura, ya era un borrón ininteligible- nos instalamos en la arena y nos quedamos hasta que nos pudramos de surfarla. Se acaban las olas, entra viento o nos aburrimos, chau, levantamos campamento y nos vamos a buscar otra.
En definitiva era eso lo que habíamos venido a buscar. Sin embargo, el plan prometía mucho más de lo que habíamos imaginado al salir rumbo a Ezeiza. Era un plan que tenía una ventaja fundamental: no había nada planeado. Todo el esfuerzo había sido dedicado a los vehículos. Contábamos con vehículos para ir a donde donde estuvieran las mejores olas. Fuera donde fuera.
BANGKO-BANKO
Ese es el nombre autóctono de Desert Point. El verdadero nombre de la punta más expuesta al swell y a las inclemencias climáticas de toda la isla de Lombok. La que unos surfistas australianos, por su lejanía con cualquier parte, llamaron La Punta Desierta.
Se trata de un paraje poblado por apenas un puñado de ranchos vacíos que los nativos levantaron para alquilar a los surfistas y un par de casitas de ladrillo hechas por un brasilero que tuvo un restorán pero que luego lo corrieron a la mierda porque cocinaba muy bien y no dejaba ni un solo cliente con ganas de comer en los barcitos locales. Un brazuca que por supuesto ya no está en Desert pero que dejó allí su obra y su recuerdo. Todos los que estuvieron en la época del macaco, hablan de sus tallarines.
Algunas cuadras tierra adentro, hay un pueblito que, como en todo pueblito de Indonesia, vive mucha gente. Cada vez que entra un swell y llegan surfistas a Desert, los nativos del pueblo bajan a la costa para brindarles los servicios básicos de alojamiento y comida. Así, abren los ranchos que ofrecen para dormir y abren también los dos bolichitos que existen en el point, similares en sus características edilicias e igualitos en su propuesta gastronómica. Sánguches de queso, cebolla y huevo. Arroz con vegetales, pollo y huevo frito. Tallarines con vegetales, pollo y huevo frito. Cerveza, cocacola, agua y sprite. Menú más que suficiente para saciar el la sed, el hambre y nutrir a los surferos.
La ola en Desert es un disparate. Algo fuera de serie. Se trata de una izquierda que corre tan rápido como los morenos de Jamaica, sobre un reef lleno de cabezas de coral tan filosas que parece que alguien se tomara el trabajo de afilarlas cada mañana. Los tubos caminan durante cuadras sin cerrarse y los labios son más voluminosos que los de Luciana Salazar.
Para verlo en toda su plenitud, conviene hacer click sobre este link y darle play al video que muestra al californiano Rob Machado coronando un swell épico. También va esta foto tomada por Marroke durante la marea baja del mismo día de la filmación, una jornada con condiciones clásicas en Bangko Bangko.
Arriba: El vagabundo Rob Machado acariciando la redonda pared del Desert.
Apuntes 8 – Desert Point.
En Desert vivimos en la indigencia. No hay comodidades de ninguna especie. Ni siquiera agua corriente. Tal carencia, con el intenso calor y la ausencia de olas, se hace notar como un dolor de muelas en la madrugada.
Llegamos a las 8 de la mañana y la marea estaba alta. No había olas, pero unos locales que se arrimaron a recibirnos, nos dijeron que con la marea baja se iba a poner bueno. Así que nos sentamos a esperar que el mar se retirara. Hay unos bancos construidos con madera y cañas, a pocos metros del agua y bajo unos techitos de paja, que sirven para tal finalidad. Allí nos acomodamos.
A medida que avanzaba la mañana, el reef se iba desnudando y las olas empezando a aparecer. Primero era una espumita allá lejos, bien en el codo del reef, justo frente a donde la tierra hace un quiebre y marca la punta que le dio a los australianos la inspiración para el segundo nombre de este pico. Rato después, dejó de ser una espuma y lo que quebraba en esa punta ya era una olita con pared. Una izquierda que, si la hubiéramos visto romper en Rocha, habríamos dicho que estaba linda. Si en cambio hubiera roto en Santa Lucía del Este, seguro varios habitués del pico lo recordarían como el día del año. Pero estábamos en Desert Point. Y allí esa ola era una cagada.

Arriba: Instalaciones en Desert Point.
A eso de las 11 de la mañana ya entraba una ola decente y el Negro Tricánico se tiró al agua. Atrás fui yo y al rato ya estábamos todos compartiendo las series que se iban poniendo cada vez más buenas. Cuando la marea llegó a su punto más bajo, a eso de las dos de la tarde, sólo quedábamos Carlitos, quien relata y unos locales. La sección de allá atrás, la que nos había hecho entrar al agua, ya no rompía. En cambio rodaba una de las secciones del inside que al cabo de unos metros de empezar a romper, se ponía cuadrada. Tubular y perfecta sobre un piso de coral lleno de puntas.
Terminamos surfeando buenas olas. Y eso que no había swell. Era apenas un cambio de marea. Fue entonces cuando caímos en la cuenta que, si hubiéramos llegado con el mar bombeando, difícilmente alguno hubiera entrado al agua. Y el que hubiera entrado… bueno, capaz que se habría pegado los tubos de su vida…
Primer Hallazgo
Después de dos días, con un buen swell llegando, la expedición dejó Bangko_Bangko y enfiló hacia una región que alberga varias rompientes clase A: un point break de derechas, un par de reefs con olas rápidas y tubulares, y una playa desierta con varios picos.
Para llegar es necesario desandar el camino a Desert, y seguir esa ruta hasta la ciudad de Sengigi, donde se engancha con otra carretera que lleva para la zona mencionada. Son varias horas de viaje con un tránsito que, en ciertos tramos, se pone pesado.
Luego de varias horas, las camionetas arribaron a Sengigi, donde se descansó del largo viaje durante una noche confortable en un hotel digno.
El amanecer encontró los motores diesel encendidos, echando humo por el caño de escape y la muchachada alrededor, ultimando detalles para seguir viaje rumbo a la ola prometida. Había hasta algún mate dando vueltas.
Cinco o seis horas más tarde, el convoy llegaba al paraíso. Era el día de la madre y varios agradecieron a sus viejas por haberlos traído a un mundo tan bueno.
Apuntes 9 – Historias del camino
Es largo el camino a Sengigi, pero las horas pasan rápido. El paisaje varía constantemente y la ventanilla de la camioneta se asemeja a una pantalla de cine donde se proyectan, de manera continua, los mejores trabajos de los creadores más prolíficos del cine documental. Aunque en esta tele no hay guión y todo se mueve de acuerdo a las leyes naturales. Parece National Geographic en vivo. O National Marroke, como le gustaba decir a uno de la barra.
La mayor parte del tiempo, la angosta cinta de asfalto serpentea entre la tupida selva tropical. A través de los pocos espacios que dejan los árboles, se divisan montañas, campos de arroz, y espejos de agua dulce. A veces, a los lejos, se ve el mar.
Cuando la selva da respiro, aparecen los caseríos. Junto a ellos, cantidades increíbles de gente. A la vera de la ruta se arraciman los nativos con cajones exhibiendo mercadería para la venta: frutas, verduras, pescado, hongos, raíces, combustible en botellas tapadas con corchos, telas de colores brillantes, juguetes y elementos indescifrables de los más diversos materiales. También hay sillas enfrentadas a pequeños espejos, ubicados sobre mesitas de madera, donde hombres muy diferentes en su aspecto y en su esencia a Roberto Giordano o a Julio César Camacho, le cortan el pelo a hombres muy diferentes a los clientes que pueden llegar a la peluquería de cualquiera de los balas mencionados. En la calle nomás, con el faso en la boca, te trabajan una media americana o una rapada al ras.
Cada parada en busca de refrigerios es una aventura aparte. Los nativos se maravillan con la inmensidad de los cuerpos de los viajeros y los tocan sin pudor. A un servidor le tiraban de los escasos pelos que le pueblan el pecho y apretaban los bíceps como si uno fuera Hulk Hogan y no un gordito de menos de un metro setenta. La conclusión que saqué es que les resulta impactante lo bien puchereado que uno anda por la vida.
“Big body, big body”, repetían los chinos al verme bajar sin camiseta de la Toyota. Pero la emoción duraba poco, apenas los instantes que tardaba Baltasar en apearse de la Land Rover. Ahí sí que se volvían locos. Baltasar es alto, corpulento y rubio como un vikingo. Fue primera línea del Carrasco Polo desde las inferiores hasta el papi´s, y a pesar de las cinco décadas que lleva a cuestas, aún mantiene un sólido físico de rugbista. El corpacho del Balta lograba que los lombokenses se comportaran como lo haría un investigador de la Nasa que dedicó su carrera a la búsqueda de vida extraterreste, encontrándose por primera vez con un ser venido de las estrellas. Tal era la emoción, la sorpresa e incluso la gracia que les provocaba.
- ¿Yo les parezco grande? -les decía este cronista a los menudos moradores de la isla de Lombok que se arrimaban a elogiar la escasa musculatura que escondo bajo inverosímil cantidad de material sebáceo-. Entonces miren a ese animal –y señalaba a Baltasar. Los tipos piraban.
En el camino también encontramos unos europeos. Ocurrió faltando poco para llegar a una playa en la cual acabamos acampando durante tres días y agarrando olas inolvidables.
Luego de varias horas de haber dejado atrás Sengigi, la carretera se había convertido en calle y la calle en huella. En determinado momento, la Land Cruiser, que venía a la retaguardia del convoy, dejó de funcionar. Quien narra esto desconoce por completo los misterios de la mecánica automotriz, por lo tanto no realicé otro aporte que bajarme de la camioneta y empezar a putiar. La Rover, que marchaba al frente, con Marroke al volante (único miembro de la expedición que sabe de mecánica) no se percató del problema y siguió viaje, dejándonos atrás, quebrados bajo el metálico sol de las diez de la mañana. Sólo podíamos esperar que en algún momento percibieran que ya no aparecíamos en el vidrio de atrás y volvieran a rescatarnos.
Pero ocurrió algo antes. A los pocos minutos de habernos detenido, apareció un auto con varios occidentales: cuatro flacos y una mujer. Llevaban tablas en el techo. Al acercarse a nosotros, redujeron la velocidad. Pensamos que iban a parar para ofrecernos ayuda. Pero nunca lo hicieron. En cambio saludaron en francés y siguieron su camino. Ni siquiera preguntaron si precisábamos ayuda. El capó de la Toyota estaba levantado y era claro que no habíamos parado a descansar ni a mear. Franceses hijos de mil putas.
Atrás de ellos venía una moto con un indonés prendido al manillar. Frenó y se ofreció para lo que mandáramos. Monté la motocicleta y le pedí que me llevara tras la Rover. No tardé en volver. Conmigo traía al Marroke. Conocedor de los fierros, no tardó en solucionar el problema y al cabo de unos diez minutos, estábamos nuevamente en marcha rumbo a las olas.
Avanzamos un par de kilómetros y la huella por donde transitábamos dejó de ser huella para hacerse barrial. La Toyota fluía a gusto en el terreno fangoso y hacía volar enormes cachos de barro para todos lados.
De pronto, entre medio de la mugre del parabrisas, los vimos. Eran los putos de los franceses. Habían plantado un peludo de campeonato mundial con el auto de mierda que habían alquilado y no lo iban a poder sacar ni con el tractor del viejo Stevenson, padre de Jason, shaper de Joel Parkinson. Estaban enterrados hasta la mitad de la rueda, sin chance de salir por sus propios medios. Uno de los europeos, parado al lado del auto, movía la cabeza de un lado a otro y con una mano se agarraba un puñado de pelo del jopo, como si se lo quisiera arrancar. Naturalmente, seguimos viaje sin siquiera dedicarles una mirada. Apenas si les lanzamos, involuntariamente, una cantidad épica de barro con las anchas patas de la Toyotita.
Arriba: La ola que encontramos en la playa desierta.
Olones que surfamos solos durante varias horas. Al salir, muertos de cansado, nos encontramos con los franceses que recién llegaban. ¡Habían venido caminando desde el auto empantanado, bajo el mismísimo sol de Satanás, con todas las porquerías a cuestas! Daba gusto verlos chivar como si alguien hubiera abierto una canilla adentro de sus esqueletos. Y obviamente se volvieron caminando. Nadie siquiera se ofreció a arrimarlos. Tampoco ellos se molestaron en pedirlo pues la respuesta era obvia.
CAMPAMENTO
- Ya lo había anunciado Marroke en Bali: “Si hay una buena ola acá nos quedamos hasta que no queramos surfarla más. Para eso trajimos las carpas.”
Así que, tras la épica surfeada en la playa desierta, se armó el campamento frente al mar.
Mientras el grupo corría olas, Marroke se encargó de hablar con unos nativos que llegaron curiosos para que se encargaran de la cena. Les pidió pollo, arroz y bebidas.
Antes de que el sol bajara del todo, cayó un indonés en una moto. Venía con su hija y una bolsa de arpillera que se movía como si hubiera un gato adentro. Pero no era un gato. Eran los pollos que había encargado Marroke. Nueve pollos vivos que, en breve, serían transformados en energía vital. Los muchachos nativos que habían llegado primero se hicieron cargo de matar, desplumar y asar las magras aves en un fueguito que encendieron entre una enramada.
Mientras, el grupo encaraba la tarea de armar el campamento. Una vez que estuvo todo listo, por el punto donde en Uruguay estaría el oeste, se cuadró una tormenta de proporciones catastróficas. El cielo se puso negro y las espumas de las olas se tornaron más blancas que la que forma la Bintang al servirla con rapidez y sin inclinar el vaso. Y el viento empezó a soplar. Volaba la arena como en los relatos de las tormentas del desierto. Cada ráfaga de viento lanzaba cientos de granos de arena. También llegó la lluvia.

Arriba: Recién salidos de las carpas, contemplando lo que había para hacer durante el resto del día.
Todo ocurrió tan rápido que no dio el tiempo para nada más que envolverse en los pareos comprados para regalar a las mujeres de la familia y aguantar que pasara la rosca. El panorama era negro.
Pero así de rápido como apareció, la tormenta se fue. Y para el momento en que los pollos estuvieron dorados por la brasa, apenas corría una brisa refrescante que venía del Índico trayendo el olor del mar.
La mañana siguiente amaneció despejada, el cielo diáfano, off-shore y unas olas increíbles. Salir de la carpa con los ojos pegados por el sueño, y encontrar un pico desolado, quebrando clásico con las primeras luces del día reflejando en las paredes huecas, fue la experiencia vivida por cada uno de los amigos aquella mañana inolvidable.
ESTE RELATO CONTINUARÁ...
Arriba: Carlos Alberto Domínguez, más conocido en el ambiente bursátil como el Negro Carlitos, domando una izquierda nerviosa frente al campamento.
HAGA CLICK AQUÍ PARA VER LA GALERÍA CON TODAS LAS FOTOS.

Mauri
said:
|
interesante la saga ... después quiero el de colección con la serie completa ... tipo Nippur Magnum |
|
maldito
said:
|
muy bueno que grande rolito , muy bueno el viaje y el cuento . me encanto la foto del peluca mepa que arranco para allà a cortar los lopes eh!! y que linda que esta la zurdita mawi muy bueno todo salu2 y nos vemos |
|
lala
said:
|
que heavy waves! muy buenas fotos, que bello lugar. el marroke que raro esta, mas viejo parece, pero el es un clasico. Que loco no, una amiga mia , la naty, lloro por el 2 veranos, ella bella, el una bestia. un clasico siempre. |
|






