INDONESIA INDOMABLE
Recorriendo los caminos del paraíso
… We're loading up our Woody
With our boards inside
And headin' out singing our song…
(fragmento de Surfin´Safari – The Beach Boys)
Cargar un vehículo con tablas de surfing para salir a buscar olas junto a un grupo de buenos amigos es una experiencia que regocija el alma como difícilmente otra lo pueda hacer. Ahora, si el punto de partida es la isla de Bali, se tienen veinte días por delante y hay dos swells llegando en secuencia, la cosa se transforma en la materialización del sueño de toda una vida. Eso fue lo que vivió un grupo de uruguayos durante el pasado mes de mayo. Hace apenas un par de semanas.
BALI
Den Pasar
El viernes 7 de mayo, Marroke llegaba tarde al aeropuerto de Den Pasar. Su misión consistía en levantar a un grupo de uruguayos que había arribado desde el otro lado del mundo para correr olas, y llevarlos de expedición por las islas de Lombok y Sumbawa.
Venía al volante de una Land Rover del año 58, equipada con todos los elementos necesarios para hacerle frente a la travesía: cubiertas cero km, aire acondicionado recién instalado, malacate de 5.000 kilos capaz de levantar hasta el peludo más fiero que pudiera presentarse en los caminos selváticos de la Indonesia profunda; trailer para que el cargamento de equipos fotográficos, bolsos, generadores, etc, no comprometiera la comodidad de ningún pasajero; estéreo, televisor en colores de pantalla plana, reproductor de dvd y una buena conservadora cargada con cocacolas, agua y abundante Bintang en lata sumergidas en hielo.
Además, un mapa precario, dibujado por el propio puño alzado de Marroke, indicaba los posibles rumbos de la expedición. Y si se escribió posibles y no ciertos se debe a que no se trataba de un paseo turístico, donde se pudiera definir con antelación los lugares a visitar. Los nueve amigos estaban allí en busca de las mejores olas que les fuera posible encontrar. Por lo tanto, la ruta definitiva sería marcada por los swells y los vientos que el Índico presentara y no por las características paisajísticas, turísticas o infraestructurales de la zona.
Atrás de la Land Rover, una Toyota Land Cruiser pertrechada con la misma meticulosidad, completaba el convoy.
Con el cigarrillo encendido apretado entre los labios, descalzo y sin remera, Marroke saltó de la camioneta al encuentro de los amigos. “Hay unas cervezas frías en la conservadora”, dijo a modo de saludo, lanzando el dedo pulgar por encima del hombro en dirección a la parte de atrás de la camioneta. Los viajeros, sedientos por el largo viaje, se zambulleron sobre las Bintang y las encontraron heladas. El líquido generoso bajó por las gargantas secas y la certeza les cayó como un rayo que fulminó todas las dudas: finalmente habían llegado a Indonesia.

Apunte 1 - El Chino, mi compañero de asiento.
Antes de salir de Montevideo rumbo a Indonesia, un amigo, oriundo de la República de Carrasco, que viaja seguido a China por trabajo, me advirtió:
- El problema de viajar a oriente es que siempre te va a tocar un chino al lado”.
- ¿Y? -pregunté yo, ingenuamente.
- Apestan -aseguró él.
No pensé que fuera para tanto y tomé la advertencia de mi amigo como un comentario racista-carrasquense de su parte. Hasta que subí al avión de Malaysian Airlines. Fue entonces cuando comprendí que viajar con un chino al lado puede resultar en una experiencia inolvidable para cualquier pasajero occidental. Y no porque se mire desde una perspectiva xenófoba. Sino por que las diferencias culturales que separan a un montevideano común y silvestre como el que relata, nacido en el parque Batlle e hincha de Peñarol, de un chino oriundo de la mismísima República Popular, son grotescas. No es la intención de este cronista generalizar. Hay más de dos mil millones de chinos sobre el planeta y sería injusto asegurar que son todos iguales. Pero se pretende engañar a nadie vistiéndome con el mameluco de la apertura cultural y dejar de mencionar las increíbles manifestaciones físicas realizadas por el personaje que me tocó de compañero de vuelo en el avión desde Buenos Aires a Ciudad del Cabo, de Ciudad del Cabo a Johannesburgo, y luego de Johannesburgo a Kuala Lumpur. Más de 20 horas codo a codo con un ser humano que cometió todas las chanchadas que paso a narrar.
Cada breves lapsos, no más de cinco, diez minutos a lo sumo, el oriental sentado a mi lado realizaba la clásica maniobra para desprender las flemas de las vías respiratorias y llevarlas a la cavidad bucal, donde serían luego expulsadas mediante una escupida. Y lo hacía si el más mínimo disimulo, demostrando que no había nada para ocultar. Que aquello era cien por ciento lícito.
Luego, con todal meticulosidad, abría la bolsa de papel que en los aviones ponen junto a la revista de la aerolínea por si algún pasajero se siente mal y precisa vomitar, y escupía tremendos gargajos dentro. No alcancé a ver ninguno de los escupitajos, pero puedo asegurar que eran tremendos por el ruido que hacían al chocar contra las paredes de la bolsa de papel. Por si esto no bastara para espantar a todos los que ocupábamos las butacas cercanas, el tipo se arremangaba los pantalones (viajó todo el camino vestido con un traje, pantalón y saco, de gruesa tela negra) y con la paciencia con que un mono acicala a otro, se sacaba los pedazos de piel muerta de una herida abierta que le cubría la pierna derecha desde la rodilla hasta el principio de la media caída sobre el mocasín. Mi amigo Santiago, que viajaba en la fila de al lado y disfrutaba sobremanera cada una de las acciones del chino, dado que veía cuánto me molestaba, me aseguró que no era una herida sino un hongo contagioso. Fuera lo que fuere: apestaba. Y cada pedazo de esa mierda que se sacaba de la gamba, lo metía dentro de la bolsita de papel, junto con los pollos.
Un veterano argentino, que iba sentado en la fila de atrás, me dijo en un momento, mientras yo acomodaba la mochila en el portaequipajes luego de sacar un libro:
- En cualquier momento le doy una trompada a este chino asqueroso, le doy – aseguró, acentuando toda su bronca en las cinco eses que utilizó para adjetivar al oriental.
Por suerte el chino se bajó en Malasia y, si el destino no se empeña en molestarme, jamás voy a volver a cruzármelo. Aunque, según mi amigo el que viaja a Oriente seguido por laburo, “siempre que vueles rumbo al Asia, te va a tocar uno así al lado”.
Apuntes 2 - Demasiados surfistas
Después de más de 30 horas de viaje, cinco aeropuertos, la grata compañía del chino escupidor, largas esperas y todo lo demás, llegar a Bali es impactante. Ya al bajar del avión se siente en la garganta y los pulmones el aire húmedo y caliente; ese calor sólido del trópico que hace que cualquier prenda de ropa, hasta una camiseta, sea una molestia pesada y pegajosa.
El aeropuerto de Denpasar es como un catálogo viviente de personas de todo el mundo. La variedad completa de colores, religiones y razas se encuentra allí.
Los australianos son la especie más abundante, pero hay franceses a montones, kiwis, españoles, vascos, alemanes, ingleses, argentinos, brasileros, chilenos, peruanos, mexicanos y africanos. Hay musulmanes a patadas, hinduistas, y otras religiones que fui incapaz de identificar. La mayoría tienen pinta de surferos y viajan con paquetes enormes llenos de tablas.
- La puta que lo parió -pensé al ver tanta funda de viaje y tanto surfista- las olas deben estar tupidas de gente”. Pero después, cuando llegué al pico, me encontré con que el crowd no es tan bravo como uno puede pensar al ver el panorama del aeropuerto. De hecho, muchos de los surfistas que bajan en Denpasar, no se quedan en Bali, sino que siguen de largo para otras islas como Sumatra, las Mentawaii, Java o mismo las cercanas como Lombok o Sumbawa. Indonesia es tan grande y hay tantas olas esparcidas a lo largo y ancho de sus veinte mil islas, que la cantidad de surfistas que llegan a las islas se dispersa y apenas en las rompientes más famosas el crowd puede tornarse molesto.
Arriba: Gonzalo Tricánico. Bingin
Calles humeantes
Al salir del aeropuerto empieza el caos. El tránsito asusta. Son cientos de miles de motonetas recorriendo las calles angostas por la mano contraria a la que se maneja en Uruguay. Los autos indoneses, como los ingleses y los australianos, tienen el volante a la derecha. Además, peatones, camiones, camionetas y autos de todo tipo echan humo al cielo despejado. Y si se dijo que los peatones echan humo es porque no hay ni un indonés que no fume. Todos pitan como mismísimos Menottis orientales. Algunos le dan al rubio, pero la mayoría fuman esos cigarrillos de canela y clavo de olor, los Gudan Garam, que tienen un aroma similar al de la pasta que usan los dentistas para tapar los agujeros de los dientes. Basta una única pitada para que la boca le quede a uno como como si recién le hubieran emparchado una muela. Después de unos días, la baranda de los Gudan se convierte en algo así como el olor de Indonesia. Vaya a donde uno vaya, el ambiente, a cielo abierto o techado, jiede a esos puchos.

Se dijo antes que el tránsito es un caos. Y lo es fundamentalmente por la cantidad de motocicletas que, como hormigas, avanzan en líneas irregulares esquivando obstáculos de todo tipo. Cabe aclarar que la moto no es un transporte limitado para dos pasajeros. En Indonesia la moto es un vehículo familiar. El padre maneja mientras que, prendidos atrás, viajan la mamá y los pibes. Hay motos que cargan con familias enteras compuestas por hasta cinco miembros.
- Miren bien esto –dice Marroke mientras circunvala una rotonda con un monumento al héroe de la patria indonesia, refiriéndose al caos de motos-: así va a ser Uruguay dentro de unos años. La diferencia –sostiene- es que allá se está llenando de motos basura y además la gente no las sabe manejar.
Basta prestar un segundo de atención en los vehículos que pasan para comprobar que las palabras de Marroke no mienten. No se ve a través de la ventanilla de la Land Rover ni una sola moto que no sea de marca Yamaha, Honda o Kawasaki. Tampoco se ven accidentes.
Santiago, que ha trabajado en el negocio de las motos, explica que los orientales andan en moto desde niños y por eso saben como desempeñarse entre el tráfico. No es como en Uruguay, que con la bonanza económica mucha gente que jamás anduvo en otro medio e transporte que el ómnibus, accede por muy poco dinero a una motocicleta de berretísima factura y a los pocos meses se parte el cráneo contra el mismo bondi que durante treinta años lo llevó a laburar.
- Los chinos –dice, refiriéndose a los habitantes de cualquier país del Asia- dan por sentado que el auto no los ve. Que son ellos los que se tienen que cuidar y esquivar a los autos. En Uruguay es al revés, los boludos esperan que vos los esquives. Y así mueren como moscas –concluye.

Apuntes 3 - White, quisiera ser blanco.
Hace tanto calor que cualquier prenda de abrigo resulta innecesaria. Incluso en un motociclista. Por eso intriga ver tanta gente manejando motos con las manos enfundadas en guantes. Sobre todo las mujeres. Todas las mujeres motociclistas llevan guantes.
La causa es sencilla: no quieren broncearse las manos. Cuanto más oscura es una persona, más jodida socialmente. Así que se cubren del sol para mantenerse con la piel lo más blanca posible.
Esta característica queda en evidencia en los anuncios publicitarios. La mayoría de los modelos de ropa, cosmética o salud que se ven en los carteles, posters o propagandas de las calles o las tiendas, son occidentales. Casi no se ven modelos malayos, ni indoneses ni indios. Los modelos estéticos son, en su mayoría, europeos.
En occidente es muy difícil encontrar algún modelo oriental, a menos que se trate de un anuncio de United Colors of Benetton o alguna otra marca de esas que, por esnobismo, recurren a tales mensajes. Pero no es común que un occidental quiera verse como un chino.
Al parecer, los chinos quieren verse como occidentales.
Arriba: Santiago Castro. Bingin
EL BUKIT
Desde Den Pasar lleva unos 40 minutos llegar al Bukit, la península donde se encuentra el acantilado más célebre del mundo surfístico. El Bukit, además, alberga varias de las olas más famosas de Indonesia: Uluwatu, Padang Padang, Impossibles, Dreamland y Bingin.
Precisamente Bingin fue la base elegida por los amigos para pasar los siguientes dos o tres días, descansando del largo viaje desde Montevideo, acostumbrando el marote y el físico al cambio de horario y a las nuevas condiciones de surfing: olas tubulares con fondo de coral.
Allí Marroke tiene su oficina y su casa.
La primera es frente al pico, a apenas 50 o 60 metros de la rompiente que larga esos caños celestes y redondos; los mismos que tantas veces se vieron en publicaciones como Mareas o en este mismo sitio, con la firma del fotógrafo uruguayo que está radicado en ese lugar desde hace doce años. La oficina es un balconcito sobre la arena, donde Marroke instala el trípode y la computadora y a donde acuden surferos del mundo entero en busca de una imagen adentro de la barrilera.
La casa que habita se ubica algunos escalones acantilado arriba, también frente al pico.Desde la ventana de su cuarto se domina una panorámica de todo el Bukit, con las líneas de swell interminables que rayan el océano desde el horizonte hasta el extremo del reef más cercano a la arena.
Ahí mismo vive la figura. Y allí trabaja. Según aseguró: “no busco dinero, busco un estilo de vida”. Y tales palabras quedan fundamentadas permanentemente por su peculiar forma de vivir.

Arriba: Gonzalo Tricánico. Bingin
Apuntes 4 – El sueño hecho realidad.
Llegamos al Bukit en plena noche. La oscuridad nos ocultó el panorama hasta la mañana siguiente, dejando que la imaginación realizara su eficiente trabajo de aumentar la ansiedad y ahuyentar al sueño. El cansancio del largo viaje no bastó para hacerle frente. Ninguno pudo dormir más de dos o tres horas.
No es la primera vez que me ocurre de llegar a un lugar por la noche. Y siempre me pasa lo mismo. Me la paso imaginando lo que voy a encontrar, componiendo un paisaje en base a las imágenes que uno tiene en el disco duro por las fotos que ha visto, por los videos, por las descripciones de los amigos que estuvieron antes. Pero recién al día siguiente, cuando el amanecer llena todo de luz, surge ese primer contacto con la realidad y esa impresión que quedará grabada para siempre en la memoria. La realidad viva. La certeza de que aquello no es un sueño sino que todo lo que está allí adelante pertenece a la realidad. Que finalmente, después de años de soñarlo, llegaste. Estoy acá. Y las olas están ahí. Tan perfectas como en los sueños. Tan lindas como en las narraciones mil veces escuchadas. Tan reales como que ya mismo me voy a tocarlas para asegurarme que son de agua salada contante y sonante y no del material ese que, al despertar, se desintegra sin dejar más rastro que una especie de nostalgia por algo que nunca pasó.
Arriba: Federico Valsecchi. Impossibles
MARROKE
El Marlboro colgando de los labios partidos por el sol del trópico. Las uñas morochas de tanto meter mano en los motores de las máquinas todo terreno, de manipular herramientas, del permanente contacto con la Tierra. La barriga redonda, inflada a causa de la ingesta irresponsable de cocacola. Las chapas peinadas por el capricho de la intemperie, de los vientos del sur y del norte. Y los músculos de los brazos y el pecho como las cuerdas tensas de una embarcación a vela que surca el océano impulsada por implacables Monzones.
Por el costado del cigarrillo a medio consumir, de cuyo extremo manan sutiles fantasmas azulados, como si se tratase de la lámpara mágica que deja escapar al genio encarcelado, surgen las anécdotas. Es un volcán en erupción donde las historias brotan como la lava: hirvientes, oriundas de las entrañas mismas del ser. Relatos cargados de sensaciones, imágenes, golpes, zarpazos, rugidos, selva y agua salada. Traen olor a riñas de gallos y a riñas de hombres. A tempestades y a olas gigantescas rompiendo sobre arrecifes de coral o bajos de piedra volcánica. Las palabras materializan arcos y flechas, hondas, arpones y animales exóticos. Mujeres de ojos rasgados y de largas melenas negras. También las hay rubias, pelirrojas y algunas con el cuello tan largo como jirafas. Las tetas de casi todas son enormes. Los culos redondos, firmes y bien dispuestos.
Son una miríada de cuentos reviviendo lugares y gentes que nada tienen que ver con el mundo cotidiano de quienes lo escuchamos. Regiones impensadas del planeta. Personajes y situaciones donde la fantasía apenas roza el mundo real en el cuero áspero y mal lavado que cubre al narrador como la armadura que recibió de los dioses para mantenerlo a salvo y poder cumplir la tarea que le fue encomendada: vivir y contar.
No bate chicos ni colegio. En cambio se refiere a las motos como motocicletas y a los autos como coches. A la guita le dice dinero. Y a las mujeres, chikas.
Unos viajeros uruguayos que recorren el mundo en una Mehari y cuyos caminos el destino juntó en Indonesia, lo pintaron como “un personaje difícil de encontrar en la vida cotidiana, una mezcla de Rambo, Sherlock Holmes, el Mono Mario y Torrente”. La imagen no es lejana a la realidad. Pero la mejor, y tal vez única manera de definirlo, es la más sencilla. Basta una palabra clara, firme como las convicciones que lo llevaron a dejar todo de lado para alcanzar un objetivo que más que un objetivo es un sueño que no se quiere cumplir, pues terminaría con la búsqueda. Un nombre que suena como un trueno. Como un ferrocarril lanzado a toda máquina sobre los rieles de una pendiente interminable. Como un gancho a la pera.
Un nombre que jamás podría llevar un modelo de Clavin Klein. Tampoco un jugador de tennis o un literato. Quizá le sentaría a un domador de tigres de la Malasia, a un cazador de cocodrilos o a un guerrero medieval.
Pero a quien mejor le cabe es a él. Y sólo en él se puede pensar al escucharlo: MARROKE.
En esas pocas letras está todo: la pesca mortal en el mar de Bearing, el Hawaii de los años 80, la Indonesia profunda, la jungla y el océano rabioso.
Y en ese nombre también habita la verdadera esencia de la amistad más franca.

Arriba: el autor. Abajo: Sebastián Viñoli. Bingin
Arriba: Santiago Castro en Impossibles. Abajo: preparando todo para dejar la isla de Bali y emprender la expedición.


Arriba: Santiago Raúl Güelfi. Bingin. Abajo: al caer la noche se vivían momentos de angustia, dolor y tristeza sin par.
TINUARÁ...

Mauri
said:
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que lindo todo, che dan ganas de arrancar ... muito boa materia, Roli, meu irmao ¿ahora otros dos meses para la segunda parte? |
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ROLI
said:
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... no, dos meses no. sabés que pasa, en indonesia, al menos por los lugares donde anduvimos, es muy dificil conseguir un internet. pero más difícil es sentarte frente a una computadora cuando las olas no paran de rodar. Así que recién al llegar a montevideo me puse a trabajar. ahora ya está todo encaminado y van a salir una nota atras de la otra. saludos y gracias. r |
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mauro
said:
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... Grande matéria que só engrandece o site. Muita qualidade , Roli saudações dede Brasil,Mauro. |
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javi
said:
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... que buen viaje y la cronica como siempre te transporta hacia el sitio y situacion (aunque con la descripcion del chino no esta tan buena inmaginarte , mi viejo viajaba a china y decia que siempre te das cuenta donde estan los baños .......por el olor), muy bueno !!!!!! |
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marcelo matos
said:
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voy en set che rolly , lo de los chinos ya lo sabia, por eso me saque un pasaje en asiento doble....pa ir con mi compa sin un chino al lado....... mandame un email asi me pasas agun pike, ya tengo listo el traje corto pa usarlo con las botitas en desert. |
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Seba
said:
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Bagus Bagus No me queda otra cosa que decir Indo + Amigos es lo máximo que te puede dar el Surf. Trimacasi, brothers. |
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Mauri
said:
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el negro carlitos Bo: el negro Carlitos se hizo nosecuantos km. solo para tomar checha en un yacuzzi????? ... no aparece surfando una |
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